Through The Dark Labyrinth, una biografía de Lawrence Durrell

imageEstos días he terminado de leer Through The Dark Labyrinth, la biografía de Lawrence Durrell que tenía pendiente, reposando en la mesita de la cama, desde hace ya dos años. El libro, escrito por Gordon Bowker, autor que desconocía pero que arrastra algo de fama desde su obra sobre Malcolm Lowry, carece de edición española, de versión digital e incluso parece que hace décadas que no se reedita, lo cual es una pena pues es sumamente atractivo para cualquiera interesado en el autor de El Cuarteto de Alejandría o Las Islas Griegas.

Yo lo compré a través de Amazon, de segunda mano, con la sorpresa de que el ejemplar procedía de una biblioteca pública (creo recordar que de una localidad de Virginia), con su tejuelo y todo, pulcramente forrado e impecable. Quiero pensar que procedía de un expurgo y no había sido obtenido por otros medios ciertamente censurables. Pero la duda de por qué una biblioteca expurgaría un libro tan poco común todavía me ronda. En cualquier caso, si se diera la poco probable coincidencia de que alguien de dicha biblioteca leyese esto (y me dijera exactamente el nombre de la misma como prueba, que por eso me guardo), con mucho gusto se lo devolvería ahora que lo he terminado.

Through The Dark Labyrinth, que toma su título de la novela de Durrell El Laberinto Oscuro, repasa la vida del autor con un punto de vista bastante objetivo. No se deja en el tintero los aspectos más crudos o comprometidos, al mismo tiempo que presenta a Durrell como la gran figura literaria que es. Cargado de referencias a cartas y opiniones de aquellos que le conocieron de cerca, algo parco en fotografías, pero abundante en análisis de sus obras e ideas, es al mismo tiempo una biografía que despierta el interés por profundizar en la lectura y revisión de Lawrence Durrell.

Entre los detalles curiosos que no conocía antes de leer el libro están: la admiración de Durrell por la obra poética de Robert Graves (otro de mis escritores favoritos), aunque sospecho que no por el resto de su obra; su amistad con Jacques Lacarriere, cuyo Diccionario del Amante de Grecia tengo en gran estima; y su participación en el guión de la película de Joseph L.Mankiewicz Cleopatra.

Interesante también comprobar la influencia que Ramón Gómez de la Serna ejercía sobre el grupito literario y cultural formado por Durrell, Henry Miller, Anais Nin, Alfred Perlés y otros, a raíz del episodio del elefante.

Pero lo que más me ha llamado la atención es la vida tan increíblemente sencilla que Durrell vivió, casi siempre al borde de la ruina, sobreviviendo mes a mes sin hacer planes más que para el presente. Por lo menos hasta que el éxito le llegó con Justine. Y aún así después tampoco se permitió lujo alguno, salvo el de viajar a Grecia conduciendo su Volkswagen Camper. Durante casi toda su vida tuvo que trabajar, ya fuera para el Foreign Office o para el British Council, con el fin de poder sufragar su carrera literaria. Llegó incluso a vivir un año en Argentina, un país que terminó odiando profundamente, tan alejado de su paraíso Mediterráneo.

Al mismo tiempo a lo largo del libro se entrevén las vicisitudes de amigos escritores, como Henry Miller o el poeta Gawsworth, cuyas vidas también están bastante alejadas del glamour con el que nos las solemos imaginar. De hecho, una vez Durrell comenzó a tener éxito solía enviar dinero a muchos de ellos, al borde de la desesperación.

Al final del libro se incluye una bibliografía divida según géneros, que me va a servir para rastrear todas esas obras suyas que todavía no he leído. Por cierto que su primera novela, Panic Spring, está incluida en la recopilación editada por su amigo Alan Thomas junto con cartas y ensayos en el libro Spirit of Place, lo cual desconocía hasta que hoy me ha llegado un ejemplar dándome una agradable sorpresa.

Rimbaud 1854-2012

158 años de Rimbaud

¡El otoño ya! ¿Pero por qué añorar un eterno sol, si estamos empeñados en el descubrimiento de la claridad divina, lejos de las gentes que mueren en las estaciones?

El otoño. Nuestra barca, alzándose en las brumas inmóviles, gira hacia el puerto de la miseria, la ciudad enorme con su cielo maculado de fuego y lodo. ¡Ah, los harapos podridos, el pan empapado de lluvia, la embriaguez, los mil amores que me han crucificado! ¡De modo que nunca ha de acabar esta reina voraz de millones de almas y de cuerpos muertos y que serán juzgados! Yo me vuelvo a ver con la piel roída por el fango y la peste, las axilas y los cabellos llenos de gusanos y con gusanos más gruesos aún en el corazón, yacente entre desconocidos sin edad, sin sentimiento… Hubiera podido morir allí … ¡Qué horrible evocación! Yo detesto la miseria.

¡Y temo al invierno porque es la estación de la comodidad!

A veces veo en el cielo playas sin fin, cubiertas de blancas y gozosas naciones. Por encima de mí, un gran navío de oro agita sus pabellones multicolores bajo las brisas matinales. Yo he creado todas las fiestas, todos los triunfos, todos los dramas. He tratado de inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. Yo he creído adquirir poderes sobrenaturales. ¡Pues bien! ¡Tengo que enterrar mi imaginación y mis recuerdos! ¡Una hermosa gloria de artista y de narrador desvanecida!

¡Yo! ¡Yo que me titulara ángel o mago, que me dispensé de toda moral, soy devuelto a la tierra, con un deber que perseguir y la rugosa realidad para estrechar! ¡Campesino!

¿Estoy engañado? ¿Sería para mi la caridad hermana de la muerte?

En fin, pediré perdón por haberme nutrido de mentira. Y vamos.

¡Pero ni una mano amiga! ¿Y dónde conseguir socorro?

Sí, la nueva hora es, por lo menos, muy severa.

Pues yo puedo decir que alcancé la victoria: el rechinar de dientes, los silbidos de fuego, los suspiros pestilentes, se moderan. Todos los recuerdos inmundos se borran. Mis últimas añoranzas se escabullen: celos de los mendigos, de los bandoleros, de los amigos de la muerte, de los retardados de todas clases. ¡Si yo me vengara, condenados!

Hay que ser absolutamente moderno.

Nada de cánticos: conservar lo ganado. ¡Dura noche! La sangre seca humea sobre mi rostro, y no tengo cosa alguna tras de mí, ¡fuera de ese horrible arbolillo!… El combate espiritual es tan brutal como las batallas de los hombres; pero la visión de la justicia es sólo el placer de Dios.

Entre tanto, estamos en la víspera. Recibamos todos los influjos de vigor y de real ternura. Y a la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.

¡Qué hablaba yo de mano amiga! Es una buena ventaja que pueda reírme de los viejos amores mentirosos, y cubrir de vergüenza a esas parejas embaucadoras -he visto allá el infierno de las mujeres-; y me será permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo.

Una temporada en el infierno, Adiós, 1873